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LA CASTIDAD NO ES VIRTUD

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La palabra Castidad está etimológicamente relacionada con “castigo” y los recientes escándalos de pedofilia y maltrato sádico destapados en Australia, Alemania e Italia castigan de nuevo a una Iglesia Católica que parece incluir estas lacras en su misma esencia, por mucho que se pretexte lo contrario o que se achaque a persecuciones malintencionadas.

Cierto que seguramente no es la única institución en la que estos hechos han tenido lugar, pero por su misma estructura autoritaria y opaca y, muy especialmente, por su obsesión antisexual y sus normas de imposible cumplimiento real es la que más favorece exactamente lo contrario de lo que dice pretender.

Un clero exclusivamente masculino condenado a la castidad (o castigo) absoluta es algo tan antinatural en una doctrina que siempre está hablando de la “ley natural”, que sus aparentes disfunciones no son más que la consecuencia lógica y humana de normas inhumanas, puesto que la elevación de la represión sexual a virtud máxima supone la misma crueldad que obligar a pasar hambre o sed constantes, la privación de sueño y otras torturas diseñadas por mentes sádicas para destrozar al individuo física y moralmente.

No digo que no haya un cierto porcentaje de clérigos que obedezcan las normas hasta la última tilde, aunque dudo mucho que bastantes al menos durante una parte de su vida no caigan en el placer solitario, pero la castidad no impide sólo la gratificación física, sino que es un obstáculo de primer orden para gozar de compañía, afecto y contacto humano de una clase que la simple amistad no proporciona. Muchas personas privadas de pareja o de sexo por razones no dogmáticas también sufren, pero su carencia les viene impuesta desde afuera por viudez, enfermedad, defectos físicos u otras causas, y no es desesperada, porque siempre puede solucionarse en el futuro, no es interna y sin esperanza.

Muchos jóvenes ingenuos o fanatizados pueden hacer votos de castidad en la veintena, sin darse cuenta de los efectos secundarios de tan peligrosa medicina, que puede acabar creándoles serios problemas psicológicos según avanzan en edad y frustración. Muchos con pulsiones pedófilas o desviaciones varias pueden creer también que el sacerdocio es una fórmula mágica que los curará de todo ello, para descubrir más tarde que los instintos les vuelven reforzados y con fáciles víctimas a mano.

La castidad no es una virtud, igual que no lo son la anorexia o el deporte extremo; su divinización proviene de la magia unida antiguamente a lo que se veían como misterios de la vida, la fertilidad y la reproducción. Los sacerdotes de Cibeles sacrificaban sus testículos como ofrenda a la diosa y otros cultos antiguos nos dan ejemplos semejantes o contrarios, como los prostíbulos en los templos de Ishtar. Pero sin misterios que la ciencia ha desvelado, la castidad es sólo represión, amputación de una función para la que existe un fuerte instinto, sin beneficios físicos o mentales y con fuerte peligro de efectos no deseados.

Asexuales y eunucos pueden ser castos sin esfuerzo, pero exigirles a los demás una privación de algo fuertemente deseado es cruel e inútil, porque los instintos siempre encuentas formas de salir al exterior cuando se les cierran sus vías naturales, curiosamente en base a una supuesta “ley natural”.

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