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LIBERTAD

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Todas las palabras pueden manipularse y, como hemos aprendido en el profético “1984” de George Orwell, pueden convertirse exactamente en lo contrario de lo que significan. La actual “posverdad” no es más que la eterna mentira, pero sin llegar a tanto se puede pretextar libertad para imponer opresión, del mismo modo que algunos se confiesan seguidores de códigos morales que subvierten la ética, como los obispos que ocultan o disminuyen los pecados de pederastia de párrocos y monjes para salvaguardar el “bien supremo” de la autoridad de la Iglesia.

Ser libre es ser autónomo, decidir lo que se quiere hacer, siempre que no se ataque la libertad de otro ser, y libres somos los homosexuales conscientes que estamos contentos con nuestra naturaleza y que nos relacionamos con otros individuos como nosotros. Nadie tiene derecho alguno a coartar nuestra libertad, aunque sí a considerar que no nos ajustamos a un código ético determinado. Pero no comportarse como otros consideran moral, si nuestro comportamiento no les afecta, no es problema suyo ni de la sociedad en su conjunto, es sólo problema individual de cada uno.

Se puede pretextar “libertad” para imponer una ideología nacionalista obligatoria a un colectivo de personas, como se hizo en el País Vasco por ETA y se hace ahora en Cataluña, pero esta supuesta libertad de pueblos teóricos y autodefinidos no tiene para nada en cuenta la verdadera libertad de elección de los individuos que componen ese fantasmagórico “pueblo”, concepto vago e indefinido que se ajusta a lo que los manipuladores de turno deciden en cada momento.

La libertad es un bien precioso que sólo aprecia el que no la tiene, pero decir que se salvaguarda la libertad de un pastelero porque es “libre” de no hacer una tarta para una boda homosexual, o que un juez es “libre” para no casar a dos personas del mismo sexo porque su moral confesional se lo impide es una posverdad evidente, porque ni el pastelero ni el juez tienen que aprobar lo que otros hacen, el primero vende un producto y el segundo cumple una función legal. Ninguno de los dos tiene porqué estar de acuerdo con los contrayentes, del mismo modo que un católico no está de acuerdo con un luterano o con un cismático, pero no pueden negarse a cumplir su función.

La palabra es magnífica, pero los que la usan de este modo no la aprecian, lo que quieren es imponer un dogmatismo que supone exactamente todo lo contrario, la opresión, la condenación y la falta de libertad de los que ellos consideran diferentes, irritantes, adversarios o, aú peor, enemigos o minorías a discriminar, eliminar o destruir.

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